Páginas Heroicas

Páginas Heroicas de la guerra del salitre 1879. Foro de debates dedicado al tema de la guerra entre Chile, Perú y Bolivia; y otro temas relacionados....
 
ÍndiceÍndice  CalendarioCalendario  FAQFAQ  BuscarBuscar  MiembrosMiembros  RegistrarseRegistrarse  Conectarse  

Comparte | 
 

 De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo 
AutorMensaje
Renzo Castillo
Soldado
avatar

Mensajes : 146
Fecha de inscripción : 02/07/2014
Localización : Lima

MensajeTema: De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).   Mar Ago 04, 2015 12:20 am

De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).
From Tarapacá to Arica: The corporal Juan Plata’s voyage with the Peruvian Army (November-december 1879).
Revista Historia UdeC, N° 20, vol. 2, julio-diciembre 2013: 151-160
ISSN 0716-9108
Patricio Ibarra Cifuentes
Magister en Historia por la Universidad de Chile. Candidato a doctor en Historia por la misma Universidad. Correo electrónico: [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]


RESUMEN


La relación del cabo chileno Juan Plata presenta su visión de lo acaecido durante la retirada de las tropas peruanas desde la Quebrada de Tarapacá hacia Arica, entre el 27 de noviembre y el 18 de diciembre de 1879. Capturado por los peruanos en la batalla de Tarapacá, Plata debió viajar por el desierto y los contrafuertes de los Andes. Asimismo, sufrió los rigores de una marcha extenuante y de su condición de prisionero de guerra.
Palabras clave: Guerra del Pacífico – Batalla de Tarapacá – Prisioneros de guerra – Relatos personales.


ABSTRACT
The testimony of the Chilean corporal Juan Plata presents his vision about Peruvian army retreat from the Quebrada de Tarapacá to Arica, between November 27th and December 18th of 1879. Captured by Peruvians in the battle of Tarapaca, Plata had to travel through the desert and the Andean counterforts. Likewise, he suffered the strictness of a strenuous march and his condition of war prisioner.
Keywords: War of the Pacific – Battle of Tarapacá – War prisioners – Personal tales.
Recibido: septiembre de 2012
Aceptado: marzo de 2014
 
La retirada de las fuerzas peruanas desde la quebrada de Tarapacá, tras el fin de la batalla registrada allí el 27 de noviembre de 1879, hacia Arica implicó la entrega definitiva a manos de los chilenos de los ricos yacimientos salitreros existentes en la zona.
Las circunstancias y resultado de la batalla de Tarapacá son conocidos. Las tropas chilenas cansadas, mal apertrechadas y sin munición, pagaron caro la improvisación y la búsqueda de gloria fácil por parte de algunos de sus jefes superiores. Los regimientos 2º de Línea, Chacabuco y dos compañías de Zapadores más algunos cañones de la Artillería de Marina, intentaron acabar con los restos de las fuerzas peruanas en fuga desde Dolores (también conocida como de San Francisco, noviembre 19 de 1879) que se encontraban concentradas en la quebrada de Tarapacá. No obstante, encontraron allí una enconada resistencia que les significó sufrir graves bajas, entre ellos el teniente
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Ruta aproximada de la retirada del ejército peruano desde la quebrada de Tarapacá a Arica, entre los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre de 1879. Elaborada a partir del “Mapa topográfico de la altiplanicie central de Bolivia” de Hugo Beck, elaborado por la Litografía de P. Cadot. En Boletín de la Guerra del Pacífico, Santiago, 1979
 
Coronel Eleuterio Ramírez, y ser obligados a retirarse en dirección a Dibujo, donde se encontraba el grueso del ejército chileno. Pese al triunfo, las fuerzas peruanas comandadas por el general Juan Buendía debieron realizar una penosa y extensa marcha de cientos de kilómetros, con el objeto de evitar un nuevo encuentro con el ejército chileno, pues las condiciones en las que se encontraban implicarían enfrentarse a un seguro revés. A su llegada a Arica, el 18 de diciembre de 1879 Buendía y su Jefe de Estado Mayor fueron relevados del mando y mandados a encarcelar por el contralmirante Lizardo Montero. En definitiva, la batalla de Tarapacá no fue otra cosa que una victoria pírrica para el Perú. 1
La travesía del ejército peruano en su ruta a Arica se inició en Tarapacá, se internó hacia la cordillera deteniéndose en Pachica, Mocha, Pacomilla, Sipiza, Satoca, Jaiña, Soga, Camiña, Moquella, Nama, Mamuta, Esquiña, Codpa, para luego internarse en la pampa hacia Chaca, hasta llegar a su destino final Arica. Debieron ascender a más de 3.000 metros de altura y sobrevivir en los agrestes contrafuertes andinos. El objeto de aquel intrincado periplo era arrimarse a la cordillera, para evitar una posible persecución por parte de tropas chilenas que salieran en su búsqueda para hostigarles, por cuanto viajaban prácticamente sin mida ni municiones. 
 
Entre quienes realizaron la penosa travesía entre la quebrada de Tarapacá y Arica, se encontraban más de cincuenta prisioneros chilenos tomados en la jornada del 27 de noviembre. 3 Uno de ellos era el cabo de la Artillería de Marina Juan Plata.
Existen algunos antecedentes del derrotero del cabo Plata durante los años de guerra. A comienzos de 1879 ya figuraba en las listas de la 3ª compañía del a la sazón batallón Artillería de Marina, lo cual permite deducir que se trataba de un soldado de carrera. El 24 de enero, fue embarcado en la corbeta O´Higgins donde sirvió como parte de la guarnición del buque, donde hizo toda la Campaña Marítima. En mayo, recibió un ascenso a cabo 2º. 4
Una vez asegurado el control del mar tras la captura del Huáscar el 8 de octubre de 1879¸ por los buques chilenos Cochrane y el Blanco Encalada, las autoridades chilenas iniciaron los preparativos para acometer con la invasión de los ricos territorios salitreros de Tarapacá. Por su parte, Plata fue reincorporado a las filas de la Artillería de Marina y desembarcó en la playa Pisagua el 2 de noviembre de 1879, horas después de finalizado el combate que marcó el inicio de la campaña de Tarapacá y el primer avance de las tropas chilenas en suelo peruano. Tampoco participó en la batalla de Dolores, pues su unidad no alcanzó a llegar a tiempo para juntarse con el grueso del ejército. No obstante, su bautismo de fuego se produjo en la batalla de Tarapacá, donde, como se sabe, fue hecho prisionero por los aliados Perú-bolivianos.
Aunque fue dado por muerto por las autoridades chilenas, permaneció en Arica hasta que recuperó su libertad en marzo de 1880 a través de un canje de prisioneros. En esa oportunidad, junto a Plata, regresaron a Chile otros 44 hombres pertenecientes a la Artillería de Marina, Zapadores, 2º de Línea, Chacabuco, Granaderos a Caballo y Carabineros de Yungay. 5
En abril de 1880 ocupó nuevamente su lugar en la Artillería de Marina, recibiendo una asignación especial de 1.5 pesos a su remuneración mensual. El 26 de mayo de 1880, participó de la batalla del Alto de la Alianza (Tacna) formando parte de la III División del ejército chileno, comandada por el coronel José Domingo Amunátegui. Entre agosto y septiembre permaneció en Valparaíso, para luego ser embarcado en el transporte Amazonas, que fue armado en guerra como crucero auxiliar. En febrero de 1881 se le trasladó al Blanco Encalada. Al mes siguiente volvió a Valparaíso, donde fue destinado a la dotación de los fuertes que protegían su bahía. Durante su permanencia allí ganó dos ascensos: en junio fue promovido a cabo 1º y en octubre ya lucía las jinetas de sargento 2º. 6 En marzo de 1882 sirvió otra vez en el mar, en esta oportunidad a bordo del Cochrane. Finalmente en marzo de 1883, fue dado de baja por problemas de salud. 7
El documento aquí trascrito vio la luz pública en la edición de El Mercurio de Valparaíso, correspondiente al 20 de mayo de 1880. Lamentablemente la parte del relato relativa a la batalla de Tarapacá propiamente tal no fue publicada, pues para el editor del periódico no tenía “ya ningún interés”, al considerar que las alternativas del combate eran suficientemente conocidas por los lectores de su medio. Se inicia con las últimas acciones de la batalla de Tarapacá y finaliza con la entrada del ejército peruano a la plaza fuerte de Arica. Asimismo, no contempla lo vivido durante su cautiverio en esta última ciudad hasta el canje de prisioneros de diciembre de 1879. 8 Un fragmento de este testimonio fue incluido en la recopilación de Pascual Ahumada Moreno. 9 En esta versión del escrito, contiene algunas notas de pié de página con datos de algunas de las personas con las cuales Plata compartió durante su travesía.
El relato presentado a continuación muestra las penurias vividas por los restos del ejército peruano en su marcha desde la quebrada de Tarapacá a Arica, en especial las de quienes la realizaron como prisioneros de guerra. Estos hombres debieron sufrir el rigor de jornadas extenuantes, realizada con pocos recursos, en medio del intenso calor del día y el penetrante frio de la noche desértica, además de la constante inquietud ante una intempestiva aparición de tropas chilenas. En síntesis, las páginas que siguen muestran las impresiones de un soldado, un hombre de carne y hueso, enfrentado a la vorágine de la guerra, cómo sobrevivió a las penurias de una marcha forzada y del trago amargo del cautiverio.
 
 
 
 
 
“De Tarapacá a Arica.
La travesía del ejército de Buendía
Sufrimientos horribles
Los caminos quedan sembrados de cadáveres
 
Cuando más empeñado estaba el combate oigo una voz varonil que me dijo:
- Acompáñeme Usted, cabo Plata.
Miro hacia atrás, y veo a mi valiente capitán Silva Renard 10 que venía bajando del cerro gravemente herido.
En el acto le serví de apoyo y lo conduje a una casa inmediata al río.
Lo primero que hice fue lavar su herida y arreglarle una venda. Arreglé después una cama y le recosté en un miserable lecho que en dicha casa había. Quiso la Providencia que se presentase en ese momento una infeliz mujer, que nos dijo lleváramos al enfermo a su casa, la cual estaba a corta distancia.
Tan generosa oferta fue aceptada, y condujimos al enfermo a la indicada casa, en donde la pobre mujer se esmeró con solícita atención en procurarnos una tasa de caldo para mi capitán herido, que bien lo necesitaba, pues no había tomado ningún alimento durante todo el día.
Por las circunstancias en que nos encontrábamos no me fue posible tomar el nombre de aquella mujer que con tanta caridad nos atendió.
Pocos momentos después se presentó un soldado del cuerpo de Zapadores, el que venía con dos graves heridas en una pierna. Se las lavé en el acto, dándole al mismo tiempo un poco de agua para que bebiese, porque, según decía, venía muerto de sed.
No bien había pasado un cuarto de hora cuando llegó el soldado de la 1ª compañía del primer batallón de mi regimiento José Castro, también herido en la mandíbula derecha, habiéndole salido la bala por detrás de la oreja izquierda. Le lavé igualmente la herida y le extraje una astilla del hueso de la mandíbula. Así y con unas hilas que le puse, pudo aliviar un poco.
Procuré entonces buscarme algún caballo, para dejar aquel sitio que tantas amarguras nos hiciese pasar en tan corto tiempo. No me fue difícil encontrar lo que buscaba; el esposo de la mujer que tanto bien nos había hecho me procuró una cabalgadura, en la cual quise colocar a mi capitán Silva Renard; pero fue imposible, tanto porque teníamos ya el enemigo encima como porque mi capitán no estaba en estado de soportar una marcha, por corta que fuese.
Invité a los otros dos heridos que allí había para que se marchasen, diciéndoles que ya el enemigo estaba a dos cuadras de distancia y que lo mejor era huir de aquel sitio, que tal vez sería para todos nuestro sepulcro; prometiéndoles quedarme yo con mi capitán y el cabo Reinaldo Rodríguez.
No tardó en entrar un oficial del regimiento peruano 5º de Línea, llamado N. Velahundes, y dirigiéndose a nosotros nos dijo cariñosamente que nos rindiésemos prometiéndonos bajo su palabra de honor que se nos respetaría.
No bien había pronunciado estas palabras cuando se introdujo una turba de soldados peruanos gritando ¡viva el Perú! ¡mueran los bandidos chilenos! dirigiendo sus punterías a nuestros pechos.
El señor Velahundes se interpuso entre nosotros y aquella miserable turba, diciéndoles que aun en los momentos más serios el sabía hacerse respetar, y que al primero que intentase faltarnos lo haría fusilar.
En cuanto oyeron estas palabras, la turba beoda retiró sus rifles de la posición en que los tenía. El señor Velahundes nos pidió que le entregásemos nuestras armas, cosa que no consiguió porque ya las habíamos destrozado. En trance tal, sin tener con que resistir, pues ni un cartucho teníamos, tuvimos que rendirnos. Obrar de otro modo hubiese sido exponer la vida de nuestro capitán y la nuestra, cuando tarde o temprano podíamos se útiles a nuestra querida patria, como en efecto lo somos en la actualidad, encontrándonos enrolados en las filas de nuestro glorioso ejército.
El señor Velahundes nos dijo que condujésemos al señor capitán Silva Renard a la ambulancia, que distaba 35 cuadras del lugar en donde nos encontrábamos.
En virtud de tal orden salimos de aquella casa, que había servido de hospital de sangre para los chilenos, y nos pusimos en marcha con el sentimiento en nuestros corazones, pero dispuestos a sufrir cuanto viniese sobre nosotros.
Apenas llegamos a las puertas de los cuarteles peruanos cuando fuimos recibidos por un gran grupo de curiosos que nos preguntaban con insistencia si los tres que íbamos prisioneros éramos oficiales, a lo que no dimos ninguna contestación.
Un cirujano nos pidió después que condujésemos al enfermo a la ambulancia, lo que hicimos en el acto, sirviéndole de apoyo mi compañero de infortunio el cabo Rodríguez.
A mi se me condujo a un inmundo calabozo, en el cual reconocí a varios amigos del regimiento 2º de Línea, cuerpo de Zapadores y de mi regimiento. Como es natural, me aproximé al joven sargento Necochea, 11 el cual, al verme, se enterneció. Conversábamos tranquilamente cuando de repente viene un individuo y encarándome me dijo con una altanera insolencia:-
- Retírese el chileno bandido, que esta hablando en secreto con ese otro. Venga inmediatamente a echarse en este rincón.
Obedecí.
Fui llevado después a presencia del señor coronel jefe de estado mayor general don Belisario Suárez, el que me interrogó de la manera siguiente:
- ¿Cómo se llama Usted?
- Juan Plata Barros, servidor de Chile.
- ¿A qué cuerpo pertenece?
- Al regimiento de Artillería de Marina.
- ¿Es oficial Usted?
- Soy cabo 2º, señor.
- ¿Cómo se llama el general que vino a cargo de la división?
- General no ha venido ninguno.
- ¿Qué no vino con Ustedes el general Escala?12
- No, señor.
- Pues ¿quién vino con Ustedes?
- Vino mi coronel Arteaga. 13
- Y ¿no ha muerto el coronel Arteaga?
- No sé, señor.
- ¿Conoce a que gran jefe pertenecen estas presillas? (Mostrándome unas presillas de sargento mayor)
- No sé a quien pertenezcan.
- ¿No son de su coronel Arteaga?
- Lo ignoro, señor.
- ¿Qué fuerza de tropa fue la que vino con Ustedes?
- Dos mil hombres.
- ¿No vinieron más?
- No más.
 
Concluido este interrogatorio, me expuso que podía retirarme, diciéndole al oficial que me custodiaba:
- Llévese usted, señor oficial, a ese bicho.
 
Salí de ese infierno de preguntas para ser conducido al mismo sitio de donde me sacaron.
Muchas fueron las preguntas que me hacían todos si yo era oficial.
- Se conoce que Ustedes desean mucho tener oficiales o jefes prisioneros, le contesté.
 
A las 12.50 P. M. habíamos algunos que estábamos durmiendo, cuando nos despertaron, diciéndonos que nos levantáramos para que fuésemos a comer. Pero la comida que nos dieron fue la marcha de Tarapacá a Pachica, andando a marchas forzadas hasta llegar a ese punto al días siguiente a las 9.30 A. M.
Durante nuestra marcha recibimos insultos de todos los soldados o paisanos que pasaban.
De Tarapacá a Pachica hay tres leguas siendo su camino bastante pedregoso y pesado para seguir una marcha tan forzada como la que hicimos.
Durante el día 28 no recibimos nada que comer. Solo nos alimentamos con lo que merecíamos comprar con nuestro dinero. Aunque eran arvejas tostadas o frijoles medio sancochados, los comíamos con gran apetito, pues en esos momentos nos parecían un delicioso alimento.
Salimos de Pachica a las 7 P. M. del mismo día con dirección a un punto denominado Mocha, el cual dista ocho leguas, teniendo que repechar una cuesta que está a la subida de Pachica. Principiamos a subir dicha cuesta a las ocho de la noche; y tan parada era, que en la mitad de ella comenzaron a quedar tendidos los caballos y mulas, pues ni los animales tenían resistencia. Llegamos a cumbre al amanecer del 29.
Seguimos nuestra marcha sin llevar una sola gota de agua, la que a veces pudimos procurárnoslas, comprándola a los soldados que nos la vendían a razón de un sol por un solo trago. Las pagábamos, sin embargo, con placer porque moríamos de sed.
Seguimos todavía nuestra marcha por una extensa y pedregosa pampa, en donde tampoco encontramos agua, hasta llegar a la Mocha, muy nombrada por los cholos.
En efecto, la aldea es muy abundante en frutas y en siembras, las cuales, como se supondrá, quedaron en un estado lamentable. Una legua antes de nuestra llegada se veía verdeguear, cosa que nos causó gran contento, desde que tanto tiempo no veíamos sino calichales y terrenos sin vegetación.
Llegamos a Mocha a las 6.10 P. M. del mismo día 29.
Se nos llevó al instante a una casa estrecha, donde estábamos muy oprimidos. Nos custodiaba el batallón Iquique.
A las 8 P. M. se presentó el señor general en jefe don Juan Buendía, 14 quien nos prometió darnos algún alimento, diciéndonos que él estaba en la misma situación que nosotros, y que en el mismo estado se encontraban sus tropas; agregó que tuviésemos paciencia, que luego comeríamos algo. No había trascurrido, en efecto, un cuarto de hora cuando volvió el señor general Buendía, trayéndonos un cuarto de cordero y una cabeza de chancho, y ordenó a la guardia que nos llevase leña y un fondo para que condimentásemos nuestro alimento, orden a la que se dio cumplimiento en el acto.
A las 10 P. M. tuvimos el placer de comer carne, alimento que no probábamos desde el día que salimos de Santa Catalina.
Una vez que comimos nos echamos a descansar para continuar nuestra marcha cuando se nos ordenase.
El día siguiente lo pasamos en Mocha, recibiendo algunos insultos de los soldados. Un tratamiento muy diverso recibíamos de casi todos los oficiales, algunos de los cuales nos proporcionaron frutas y otros embelecos que los agradecíamos sobremanera.
Llegó la noche y dormimos hasta el día siguiente 1º de diciembre.
A las 9 A. M. salimos de Mocha, subiendo la cuesta que habíamos bajado nuestra llegada a ese punto. Luego tomamos el desvío de esa cuesta, andando a media falda del cerro casi todo el día, hasta llegar a la cumbre de una colina cuyo nombre no pude tomar porque todos los cholos lo ignoraban.
El camino mismo que llevábamos sólo lo sabía uno de los oficiales, que me dijo que íbamos a alojarnos a un punto denominado “Pacomilla”, que distaba ocho leguas, siendo los senderos que a él conducían muy malos por lo pedregosos y por las cuestas que había que repechar.
En ellas quedaron diez oficiales de los diferentes cuerpos que componía aquella numerosa división, cuyas cabalgaduras cayeron muertas de cansancio y sed.
Algunos soldados murieron también extenuados, pues la travesía la hicimos con tan poca agua que a la mitad de la cuesta ya no teníamos que beber. Algunos nos echábamos piedras pequeñas a la boca para apagar un tanto la ardiente y desesperada sed.
Llegamos a Pacomilla a las 10 P. M. del mismo día, donde nos acampamos, sin tener nada absolutamente que comer ni menos que comprar. Cuando íbamos en busca de algún alimento que comprar, nos contestaban los pobres vivientes de la aldea que los bolivianos a su pasada no habían dejado nada, que todo se lo habían robado; agregando que si llevábamos algo que les diésemos de limosna porque perecían de hambre.
A la madrugada del 2 salimos para un punto llamado Sipiza, distante dos leguas de Pacomilla, donde no encontramos ni agua ni que comer.
De Sipiza seguimos a Satoca, distante dos leguas, y nos sucedió lo mismo.
De allí a Jaiña, en donde encontramos carne de burro y de machorra, la cual saboreamos como un verdadero manjar, tal era nuestra hambre.
En este lugar pasamos toda la noche y parte del 3, habiendo llegado como a las doce del día una remesa de víveres, consistiendo en ocho bueyes, arroz, galletas y uno o dos líos de charqui. Ese día estuvimos muy en grande, pues comimos carne, según se ordenó por el señor general Buendía.
Salimos de Jaiña a las cuatro de la tarde con dirección a Soga, distante siete leguas, caminando por un sendero de cabras, que parece no haber sido jamás transitado por la planta del hombre.
Ese camino tenía tantas subidas y bajadas que la mayor parte de los oficiales quedaron a pie: los caballos murieron de cansancio y hambre.
A las doce de la noche se nos dio descanso en la cumbre de un cerro, donde encontramos una pampa enteramente desierta, sin agua ni ningún árbol.
A las tres de la madrugada del día 4 llegamos al valle de Soga, en el cual no encontramos otra cosa que comer que caneha, esto es, maíz tostado; la carne que nos dieron no alcanzaría a cuatro onzas y el arroz a una. Esta fue la comida que tuvimos en Soga. Pasamos allí la noche del 4, y salimos para Camiña a las 6 A. M. del 5, llegando a las 10 P. M. También allí se nos dio carne a las 11 P. M.
Nos aprontábamos para hacer nuestra comida cuando se presentó un miserable cholo llamado Rodríguez, capitán de la columna de Iquique, quien se opuso a ello. Me apersoné entonces al general Buendía, el cual oyó mi queja con gran desagrado, y llamando a ese capitán, hijo sin duda de Satanás, lo reprendió fuertemente, diciéndole que si volvía a recibir otra queja de los prisioneros lo castigaría con severidad.
El 7 a las 6 P. M. llegamos a Moquella, donde pasamos la noche.
En la madrugada del día 8 empezamos a repechar una cuesta que tiene cuatro leguas de subida. Habíamos trepado apenas como una legua, cuando se divisaron en la planicie unos cuantos jinetes chilenos.
El ejército peruano en el acto se puso en retirada, contramarchando en dirección a Camiña, a donde llegamos a las ocho de la noche.
A las dos de la madrugada salimos de nuevo para Nama, distante seis leguas, andando por un desierto desconocido aún para los mismos hijos del Perú.
A las 4 P. M. estuvimos en Nama, donde no encontramos nada absolutamente que comer. Para saciar el hambre muchos de mis compañeros tomaron uvas verdes y hasta las hojas las devorábamos con gran apetito. En previsión de lo que pudiera sucedernos más adelante llenamos nuestro morral de aquellas hojas.
Salimos de Nama a las 8.30 minutos A. M. del 10 con dirección a Mamuta. La distancia que hay de Nama a Mamuta son siete leguas, siendo su camino peor todavía que los anteriores. Allí se nos racionó el agua, siendo que nos daban lo que hace una taza de las caramayolas para ocho individuos; ración que no volveríamos a merecer hasta el día siguiente. También se nos dio una onza de carne cruda, la que muchos de mis compañeros se la echaban a la boca en pedacitos. Con el calor se cocía dicho trozo de carne y el jugo nos servía para apagar la sed.
Llegamos a Mamuta a las 10 P. M. del mismo día, allí pasamos la noche.
Salimos en la madrugada del 11 con dirección de Esquiña, distante siete leguas, haciendo la marcha en la misma forma de la anterior.
Llegamos a Esquiña a las 7 P. M., donde experimentamos durante la noche un frío peor que si hubiésemos estado en las cumbres de nuestras cordilleras.
A la madrugada del 11 salimos con dirección a Codpa, distante diez leguas, siendo su camino tan malo como los demás.
Caminamos todo ese día con un sol ardientísimo, que agotaba nuestras fuerzas, exhaustas ya por la sed y el hambre. No es extraño, pues, que una buena parte de la tropa peruana quedase tendida en el camino. Nuestra llegada a Codpa fue a las tres del día 12.
A esa hora el corneta tocó llamada y de ella resultó que faltaban más de 650 individuos de tropa. La mayor parte de esa gente fue encontrada por uno de los arrieros que había quedado en Camiña, el cual me lo refirió poco después.
Permanecimos en Codpa hasta el 14, y allí el general Buendía nos dio por su propia mano un pan por cabeza, pan que recibimos con el mayor placer como que no lo probábamos desde nuestra salida desde Pisagua. También se nos dio carne, aunque en mucha mayor cantidad que en las otras ocasiones (como una libra) porque en ese valle encontramos gran abundancia de animales.
Esa noche dormimos perfectamente, y a las 9 A. M. del 15 salimos con dirección a Chaca, distante doce leguas de Codpa. Marchamos todo el día, la noche y parte del 16, en que se nos volvió a racionar el agua en la misma forma que en Mamuta, llegando a Chaca a las 12 M. En la misma tarde salimos para un punto denominado Pampa, distante siete leguas de Chaca, y que es enteramente estéril. Arribamos a él a las 3 A. M. del día 18 y refrescamos hasta las 4 A. M. hora en que salimos en dirección al puerto de Arica, distante tres leguas.
Entramos por fin a Arica, término de nuestra terrible jornada, a las 9 A. M. del 18. Allí encontramos a todo el ejército peruano y parte del boliviano formados en calle para hacerle los honores a los que se decían vencedores en el combate de Tarapacá el 27 de noviembre. Y era curioso ver como se disputaban el honor de ese pretendido triunfo los jefes peruanos; todos en general se creían con derecho a entrar con los prisioneros.
En ese momento se presentó el señor general Montero 15 con el objeto de tomar el mando del ejército, pero no lo hizo con la pericia de un aguerrido veterano, acto que no pasó desapercibido para nosotros.
Dicho señor ordenó que los prisioneros entrasen con el batallón 2º de artillería; oponiéndose a esa orden el coronel Velarde, 16 quien alegaba que a nadie mejor que él le correspondía ese honor, agregando que la artillería, antes de pretender entrar con los prisioneros, fuese a cubrir su vergüenza de San Francisco o Dolores, lugar donde había abandonado sus piezas.
El Jefe de Estado Mayor dispuso entonces que entrase con los prisioneros la columna de Artesanos, a lo que accedieron todos.
Entramos, pues, con la columna Artesanos con la cual permanecimos hasta las cuatro de la tarde, hora en que fimos entregados al jefe de la columna Gendarmería de Tacna.
A esa hora se nos llevó al cuartel que ocupaba dicha columna, donde permanecimos hasta las 3 P. M. del 29 sin comer un mendrugo de pan.”






Referencias bibliográficas:
1 Pinochet, Augusto. 1979. La Guerra del Pacífico. Campaña de Tarapacá, Santiago, Editorial Andrés Bello, pp. 190 y siguientes.
2 Basadre, Jorge. 1961. Historia de la República del Perú, Tomo V, Lima, Ediciones Historia, p. 2372.
3 Ahumada M., Pascual. 1885. Guerra del Pacífico. Recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referentes a la guerra que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de importancia. Vol. II, Valparaíso, Imprenta del Progreso, p. 202.
4 Archivo Histórico del Ejército (En adelante AHE). Lista revista de comisario. Vol. 097. S / Nº.
5 “Canje de prisioneros chilenos. Carlas de Ilo llegadas por el “Itata.” Ahumada. Guerra del Pacífico, Vol. II, pp. 486 - 487.
6 AHE. Lista revista de comisario. Vol. 102. S / Nº.
7 Ibid., Vol. 120. S / Nº.
8 El Mercurio (Valparaíso) Nº 15.954, año LIII, jueves, mayo 20 de 1880.
9 Ahumada. Guerra del Pacífico, Vol. II, pp. 238 – 240.
10 Carlos Silva Renard. Nació en Penco en 1853. A los doce años ingresó a la Academia Militar y en 1870 obtuvo el rango de teniente, siendo asignado al batallón 4º de Línea y luego al de Artillería de Marina. Antes de la Guerra del Pacífico, estuvo embarcado en las corbetas O’Higgins y Esmeralda en misiones de diversa índole. A poco de iniciado el conflicto de 1879, ganó sus galones de capitán. Promovido a sargento mayor, trabajó en la organización del regimiento Talca, del cual llegó a ser su segundo comandante tras su ascenso a teniente coronel. Murió el 14 de enero de 1881, tras ser herido el día anterior al inicio de la batalla de San Juan (Chorrillos). Hermano del general Roberto Silva Renard, quien aplicó la orden del ministro del Interior del gobierno de Pedro Montt, Rafael Sotomayor Gaete, de reprimir a los trabajadores salitreros y sus familias durante la huelga general de fines de 1907, conocida como la “Matanza de la Escuela Santa María de Iquique.” Benjamín Vicuña Mackenna. 1883, El álbum de la gloria de Chile, homenaje al Ejército i Armada de Chile en la memoria de sus más ilustres marinos i soldados muertos por la patria en la Guerra del Pacífico. 1879-1883, Santiago, Imprenta Cervantes, pp. 157-164 y Virgilio Figueroa. 1929. Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile, Tomos IV-V, Santiago, Establecimientos Gráficos Balcells & Co., pp. 824-825.
11 Manuel Necochea. Sargento 2º del regimiento 2º de Línea, tomado prisionero por tropas peruanas en la batalla de Tarapacá. Este suboficial junto a otros hombres, lograron escapar de sus captores. Antonio Urquieta. 1907. Recuerdos de la vida de campaña de la Guerra del Pacífico, Santiago, Escuela Talleres Gratitud Nacional, Vol. I., pp. 206-207.
12 Erasmo Escala Arriagada. Nació en Valparaíso el 2 de junio de 1826. Ingresó a la Academia Militar en 1837, con 11 años de edad. Dos años más tarde, debido al cierre de la institución, egresó como cadete siendo destinado al Regimiento de Artillería. Meses después fue ascendido a Alférez. Participó de la Guerra contra la Confederación Perú – Boliviana. En 1845, con 19 años y luciendo galones de teniente, fue enviado a Punta Arenas permaneciendo allí hasta 1848. Ese mismo año, fue promovido a capitán. Defendió el régimen conservador en el Motín de Urriola y la Revolución de 1851, teniendo un destacado papel en la batalla de Loncomilla. Durante la guerra con España (1865-1866), estuvo en Valparaíso al mando de una columna, que tenía por objeto rechazar cualquier intento de desembarco europeo. Ocupó la dirección de la Escuela Militar, entre febrero de 1872 hasta su disolución en noviembre de 1876. En los años previos a 1879, realizó tareas administrativas tales como la inspección de la Maestranza de Limache, miembro de la Comisión Calificadora de Servicios, etc. Ya durante la guerra, fue diputado por Santiago. Luego fue nombrado Comandante General de Infantería del Ejército de Operaciones del Norte. Tras la renuncia del general Justo Arteaga Cuevas, asumió como General en Jefe. Comandó al Ejército chileno en Pisagua y Dolores (San Francisco). Tras la Campaña de Tarapacá, fue reemplazado por el general Manuel Baquedano González. Murió el 3 de marzo de 1884, en la chacra de su suegra en Lo Barnechea, Santiago. Héroes y soldados ilustres del Ejército de Chile. 1810 - 1891. 1981. Santiago, Estado Mayor General del Ejército, pp. 237-244.
13 Luis Arteaga Ramírez. Ingresó a la Escuela Militar en 1843 y egresó como subteniente en 1847. En 1852, ya con el grado de teniente, ejerció como profesor de matemáticas. Como capitán, en 1857 fue director interino de la Escuela Militar y hasta 1862 ofició como vicedirector de la misma academia. Antes de la guerra se desempeñó como Inspector de la Guardia Nacional y luego como Intendente y Comandante General de Armas de Llanquihue. Iniciado el conflicto tenía el grado de coronel y comandó de las fuerzas chilenas que participaron en la batalla de Tarapacá. Luego, y pese a las fuertes críticas a su conducta en el citado enfrentamiento, fue nombrado Jefe Político de Tacna y Arica, además de comandante de las tropas de ocupación de la misma zona. Tras el conflicto de 1879, volvió a trabajar en la Escuela Militar, primero a la subdirección y luego a su jefatura. Fue ministro de Guerra y Marina en el gobierno de José Manuel Balmaceda. Tras la revolución de 1891, llegó al grado de General de División y en el régimen de Jorge Montt nuevamente ocupó la cartera de Guerra y Marina. Falleció en Santiago el 19 de noviembre de 1896. Figueroa. Diccionario, Tomo I, pp. 631-632.
14 Juan Buendía y Noriega. General peruano. Asumió el mando del Ejército del Sur del Perú en abril de 1879, a poco del estallido de la guerra. Comandó las fuerzas aliadas en Pisagua, Dolores (San Francisco) y Tarapacá. Tras esta última acción fue sacado del mando y sometido a un consejo de guerra. Se le acusó de ser el responsable de la derrota aliada en la primera campaña del conflicto de 1879, cuestión que lo alejó por completo de cualquier tarea relacionada con la guerra contra Chile. Gonzalo Bulnes. 1955. Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Tomo I, pp. 305-306.
15 Lizardo Montero Flores. Militar y político peruano. En la Guerra del Pacífico participó de las campañas naval y terrestres, en estas últimas destacándose en las batallas del Campo de Alianza (Tacna), Chorrillos y Miraflores. En 1881 tras la ocupación chilena de Lima, fue nombrado vicepresidente de la república en el gobierno provisional encabezado por Francisco García Calderón. Después de la destitución y deportación de éste, Montero ocupó la primera magistratura de su país iniciando las conversaciones de paz con las autoridades chilenas. Bulnes. Guerra del Pacífico, Tomo III, p. 55 y siguientes.
16 Manuel Velarde. Militar peruano. Como coronel formó parte de la plana mayor del Ejército del Sur peruano en 1879. A las órdenes del general Juan Buendía hizo toda la Campaña de Tarapacá. Participó también de las campaña de Tacna y Arica y luego en la defensa de Lima. Materializada la ocupación chilena en Lima, suscribió un acuerdo para no participar más del conflicto en curso. Durante el gobierno provisional de Francisco García Calderón ocupó la cartera de Gobierno, Policía, Obras Públicas y Estadística. Boletín de la Guerra del Pacífico. 1979, Santiago, Editorial Andrés Bello. p. 759, y Ahumada, Pascual, Op. cit., Vol. V, pp. 127 y 259. 
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Aron Gasco
Soldado


Mensajes : 1
Fecha de inscripción : 14/01/2015

MensajeTema: Re: De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).   Vie Ago 07, 2015 10:09 pm

Valiosísimo testimonio. Gracias por compartirlo !
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Raul Olmedo D.
Soldado
avatar

Mensajes : 151
Fecha de inscripción : 16/10/2014
Localización : Santiago, Chile

MensajeTema: Re: De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).   Vie Oct 02, 2015 11:00 am

La transcripción de un texto manuscrito, como vemos también en tantos otros casos, se presta a errores que mas tarde evolucionan a  verdaderos misterios.

        Leemos que el prisionero chileno que hace el relato, al llegar al valle de Soga el día 4.12.79, recibe por alimento "caneha".   Arcano condumio.
       Lo que no puede ser, por deducción,  otra cosa que la conocida "cancha" de aquellos años.
       Vale decir, trigo molido con agua.  
       Equivalente criollo a las "gachas" (de trigo molido y agua) que vienen comiendo nuestros ancestros europeos desde la Edad Media
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Raul Olmedo D.
Soldado
avatar

Mensajes : 151
Fecha de inscripción : 16/10/2014
Localización : Santiago, Chile

MensajeTema: Re: De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).   Vie Oct 02, 2015 2:37 pm

Corrección :  "cancha", en Chile de fines del siglo XIX, trigo o cualquier otro cereal molido, hecho pasta con agua.
                         "Cancha" en el sur de Perú y litoral boliviano en la misma fecha, maíz molido, seco o hecho pasta - o sopa - con agua.
                           
                                          -----------------------------------------------

       En el relato del cabo Plata vemos fallecer a numerosos soldados de la Alianza durante esa retirada.   Aparentemente de hambre y necesidad, sumado al extremo agotamiento.    Es muy posible que se haya tratado también de heridos capaces - inicialmente -  de marchar, que vieron sus últimas fuerzas consumidas en ese esfuerzo.

       Me pregunto si entre los prisioneros chilenos se habrá registrado, asimismo, bajas durante la marcha.   Parece muy probable que así haya ocurrido, sometidos como se encontraban al mismo régimen de alimentación eventual y escasa agua.

       Los propios partes chilenos hablan de que el "enemigo se retiró hacia Pachica llevando unos 60 prisioneros".      Y luego las cifras caen a sólo 44 prisioneros arribados a Arica con las fuerzas de Buendía.      No es improbable que varios de ellos hayan dejado sus huesos en esa terrible marcha.
Volver arriba Ir abajo
Ver perfil de usuario
Contenido patrocinado




MensajeTema: Re: De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).   

Volver arriba Ir abajo
 
De Tarapacá a Arica: La travesía del cabo Juan Plata con el ejército peruano (Noviembre – Diciembre de 1879).
Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba 
Página 1 de 1.
 Temas similares
-
» Pc reproduciendo a traves de HDMI
» EXTRACTOS DE LA VIA METAFISICA DE MATGIOI
» Sanación con el sol
» el camino de las animas
» MONEDA PROVISIONAL DEL PERU

Permisos de este foro:No puedes responder a temas en este foro.
Páginas Heroicas :: Campañas de la guerra :: Campaña de Tarapacá-
Cambiar a: